Me imagino por un momento, liberado. Liberándome de todos mis prejuicios, dejando de lado todo criterio, todo sentido común; liberándome de hostigamientos, de frustraciones, lleno de una ingenuidad inocente, recobrar la sorpresa, la valentía, el ánimo, la emoción por las cosas, la espontaneidad, si es que todo esto alguna vez existió.
Me imagino libre de mi mismo, de mis errores, de todo lo que no puedo superar.
No quiero decir que quiero ser diferente, u otra persona, pero sí ser uno libre, y no simplemente "uno más"
Me imagino lejos, muy lejos de todo. Desatado, alocado. Dejar que la enfermedad fluya, que me contamine, me regenere y me cure. Me purifique. Cobain gritaría ser una mancha, pues yo adhiero; sólo que soy una mancha conmigo mismo. Es una tragicomedia diaria la que vivo, una guerra conmigo mismo, por respetarme, por entenderme, por dejarme de joder. Por madurar?
No, acá no hay una regresión a lo infantil. Sino un fuerte desarraigo a todo ello. Una pena inagotable por haber perdido 20 años de mi vida, que, como los perros, deberían multiplicarse por 7.
Y por qué multiplicarlos? Por qué no ser un perro? La cuestión es que ellos existen en la faz de lo conocido y por lo conocer, mientras nosotros, no somos luz, sino que simplemente nos limitamos a vivir lo menos tragicómicamente posible
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